
Sufrí la suerte de nacer en época de guerra, como soldado me habían asignado el anti-aéreo, los ruidos de sus cuatro cañones me aturdían a la distancia, jamás fui capaz de ver al enemigo pero continuamente sentía el venir de las balas de aquellos que tiraban a matar y en el horizonte los estallidos iluminaban lo noche. Mi uniforme, un overol con mangas de un color verde oscuro, pesaba, pero era necesario para cargar mis armas y municiones: pistola, metralla y algunas granadas, lo esencial para sobrevivir, atacar y contra-atacar.
Todos éramos simios, todos gritábamos y lucíamos como tal, pero jugábamos a caminar, vestir y matar como humanos. En medio de todo me di cuenta de lo torpe y sin sentido que era la matanza, mis compañeros caían a mi alrededor y la sangre fluía por mis pies, en ese instante no lo soporté más y dejé mi puesto para arrastrarme por la trinchera y encontrarme con mi compañero que me cuidaba las espaldas.Decidimos huir, teníamos el mar detrás y la libertad a nuestro alcance. Habíamos olvidado por qué peleábamos en aquella guerra y ni siquiera supimos cuánto tiempo habíamos pasado en aquel infierno. Nos despojamos de nuestras ropas, saltamos la trinchera para llegar a la playa y nadar.
Avanzamos siguiendo el arrecife, era tan grande que mar adentro nacían pequeños sauces de ramas delgadas de él. Antes del amanecer decidimos trepar aquellos árboles que parecían salir directo del agua para descansar y tratar de conciliar el sueño.Al amanecer pescamos algunos coloridos peces, rojos, azules y naranjas, para desayunarlos crudos y seguir nuestro camino por las ramadas que a penas alcanzaban a soportarnos. Después de avanzar sin descanso, divisamos una isla en forma de luna, dedujimos que su peculiar silueta se debía al constante oleaje que se concentraba hacia un lado desgastándolo, ya que del otro dominaban los acantilado. La corriente que chocaba contra la playa era muy poderosa, Nos dejamos llevar por la corriente, la cual nos arrastró a la isla con una suavidad tal que la enorme ola que subía por media ladera depositó nuestros cuerpos de pie sobre el pasto carmesí.
Al explorar la isla descubrimos sus peculiaridades, el pasto era muy suave, perfecto para una cama y actuaba como repelente para insectos, crecía en todas partes, incluso en la raices de los pinos de color marrón que conformaban el bosque. Debajo, por donde entraba la corriente, dominaban cuevas azules y lisas por la erosión del agua, en el fondo de la mayor, la más iluminada, se elevaba un montículo con un pequeño cráter, del cual brotaban los peces que arrastraba la corriente para ser expulsados graciosamente por aquel hueco junto con un poco de agua salada, estos animales eran muy fáciles de pescar. Aquel sitio era ideal, nos instalamos a la intemperie y dormimos.
Por la mañana divisamos un barco de velas con porte antiguo, donde había más simios como nosotros que escapaban de la guerra, los recibimos con toda naturalidad y su capitán se convirtió en nuestro líder. Todos cooperábamos para hacer las tareas: conseguir comida, agua y hacer casas rústicas dentro de las cuevas. La mayor se designó como sala de juntas, donde todos nos reuníamos para discutir diferentes cuestiones de interés común.
Una mañana encontré una huella de tinta mezclada con sangre, la impresión era como si un gran animal de pata circular hubiera pisado en el lodazal, pero yo sabía quién había dejado la marca; aquella hermosa mujer delgada y joven. Entonces lo recordé, era la bruja, la hermosa bruja que se cubría el rostro con su liso y oscuro pelo, ella había pasado por ahí, su negro vestido era corto pero sus mangas eran largas, le llegaban hasta el piso, de ellas brotaba aquella mezcla espesa de un color tinto oscuro, era ella quien nos puso a pelear unos con otros sólo por diversión.... en ese momento tuve miedo.
Es interesante el sueño, y podrías convertirlo en un cuento. la verdad me gustó.
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